¿Podemos considerar, pues, -se pregunta Benjamin- la fotografía y el cine como manifestaciones artísticas de pleno derecho? Pero si nuestra respuesta es afirmativa, ¿no subvierte este modelo los planteamientos estéticos tradicionales sustentados en los principios de unicidad, autenticidad y originalidad, a través de los cuales se fundamenta su valor para el culto? ¿Son, en definitiva, la fotografía y el cine dos manifestaciones artísticas que siguen convocando la presencia de un aura? La respuesta de Benjamin a esta última cuestión es rotundamente negativa: «lo que se marchita de la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica es su aura. Es un proceso sintomático; su importancia apunta más allá del ámbito del arte. La técnica de la reproducción, se puede formular en general, separa a lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar sus reproducciones, pone, en lugar de su aparición única, su aparición masiva. Y al permitir que la reproducción se aproxime al receptor en su situación singular actualiza lo reproducido. Estos dos procesos conducen a un enorme trastorno de la tradición -un trastorno de la tradición que es la otra cara de la crisis y renovación contemporáneas de la humanidad. Son procesos que están en conexión estrecha con los movimientos de masas de nuestros días. Su agente más poderoso es el cine.»1
1 Benjamin, Walter, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Itaca, México, 2003, pp. 45.
