La transformación ontológica del objeto artístico digital

La obra de arte digital, es decir, el “objeto” que se presenta a nuestro espíritu con la finalidad de suscitarnos una experiencia estética, ha cambiado cualitativamente su estatuto. De la misma manera que desde Duchamp sabemos que una obra no es, únicamente, un producto físico, sino que puede devenir un proceso conceptual, un simple gesto configurado a partir de la voluntad del artista, el arte digital explora las posibilidades de este proceso de desmaterialización hasta sus últimas consecuencias, tanto de la mano del artista como de la tecnología utilizada por este último en la construcción de nuevos diálogos con el mundo.

Ciertamente, la obra de arte digital ha experimentado un proceso de desmaterialización como consecuencia de la introducción de las tecnologías de la información y la comunicación en el ámbito de la creación artística. Al proceso por el cual una obra de arte deviene digital le es inherente una transformación ontológica de su estatuto físico y estático: la obra de arte digital es un flujo de información incorpóreo e inmaterial que, desligada de su peso material, le es arrebatada su condición inmutable. La obra de arte digital es información, característica que, por otra parte, comparte con otras propuestas artísticas tradicionales: también una partitura musical, un cuento popular o una receta de cocina son información, y, en cierto sentido, también lo son un poema un cuadro o una película. Mas, la obra de arte digital es código informático, es software, es decir, la “materia” más plástica y maleable que nadie haya creado nunca. En este sentido, la obra de arte digital es un sistema dinámico, el estatuto infográfico del cual hace que esta sea un molde maleable. Ciertamente, el “objeto” artístico digital es información, y como toda información es susceptible de ser manipulada, pero también compartida y redistribuida. Por ese motivo, la obra de arte digital despide la idea de un arte cerrado, acabado, estático e inalterable.